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Serie ‘Mi porno’ - Diego Beyró

Parejas que están a kilómetros de distancia, personas solitarias que quieren desahogarse o, simplemente, pasarla bien sin ataduras ni presiones.

"El cibersexo es una forma de sexo virtual en el cual dos o más personas conectadas a través de una red informática se mandan mensajes sexualmente explícitos que describen una experiencia sexual. Es un tipo de juego de roles en el cual los participantes fingen que están teniendo relaciones sexuales, describen sus acciones y responden a los mensajes de los demás participantes con el fin de estimular sus deseos y fantasías sexuales". Esta es la definición que ofrece Wikipedia, ya que "cibersexo" aún no es una palabra reconocida por la Real Academia Escpañola.

Podríamos decir que se trata de una definición algo arcaica, ya que ahora el cibersexo, mayoritariamente, se practica viéndose a través de cámaras, escuchándose más que escribiendo o, si es a través de celulares, enviándose fotos y algún vídeo subido de tono.

Algunos números

Según un trabajo de investigación de la sexóloga Robertha Medina, aplicado a 1071 personas de entre 13 y 63 años; 32,8% hombres y 67,2% mujeres:

-La mayoría afirma haber sostenido conversaciones de contenido sexual o erótico por Internet.

-En primer lugar se usa el texto y luego el audio y el video.

-Las herramientas más usadas son los chats, las redes sociales y la telefonía fija/celular.

-La mayoría considera que si su pareja interactúa eróticamente con otra persona vía Internet, está cometiendo un acto de infidelidad.

¿Pero que pasa cuando esa fantasía generada desde el plano virtual pasa al real?. Diego Beyró te lo cuenta.

Capítulo 3: Primera vez con ayuda de internet

Sin duda no hubiera tenido sexo con la misma cantidad de personas si no fuera por internet. Digamos que no lo hace por vos pero te da un buen empujón inicial. Potencia tus posibilidades. Luego uno tiene

que concretar y para eso hay que llegar al vivo.

Mi primer encuentro cibernético fue en un chat en ese momento de “Terra”. Había diferentes canales divididos creo que por temas o títulos. En ese momento (15 años atrás) era algo común, y luego con la gente cercana, charlabas en ICQ (una especie de skype).

A Marisa la conocí por este medio, chateamos un rato por canal privado. No recuerdo los temas, yo le dije que tenía 26 años aunque en realidad tenía 18. Ella tenía 37, y dijo su edad. Quedamos en contacto en el ICQ y comenzamos a hablar a diario. Pocos días después empezamos a hablar por teléfono. En esa época yo no tenía celular, entonces para eso tenía que llamarme a mi casa, y asegurarme de ser yo quien responda. Qué época incómoda! Si mi mamá levantaba el teléfono del otro lado de la casa me escuchaba hablar. Tampoco tenía nada que ocultar pero la voz de Marisa no era la de una niña de 18 años. Eventualmente le confesé mi verdadera edad. Casi la mitad de la suya. Ya habíamos intercambiado fotos. Ella llevaba de muy bien su edad, profesora de gimnasia. Yo estaba loco por poder concretar esto que era una fantasía cercana a una realidad. Ella vivía en Liniers y yo en San Isidro. Ah, ella vivía con el marido y sus hijas. Me decía que estaban separados pero aún viviendo juntos. Asombroso y adrenalínico, para aquel adolescente. Luego de mucho teléfono y de construir un amor medio fantasioso, le pusimos fecha al encuentro. Márquez y Centenario, en San Isidro. Me pasaría a buscar en su auto. Yo llegué minutos antes de la hora, como siempre en general. Sabía el modelo y color de auto, y como no sé de autos, todos parecían ser ese, y en una avenida muy transitada al lado del hipódromo. Pasaron 15 minutos y mis manos sudaban sin parar, estaba muy nervioso. Seguían pasando los minutos y nada. Sin celular no había manera de mandarle un wtsp o de que ella me avise si estaba retrasada por algo. Era esperar o irme y que esto llegue a su final. Me puse un límite de una hora y media. No tenía mucho que hacer tampoco. Llegó a los 50 minutos. Ambos estabamos muy nerviosos. Me subí al auto y ella no se animaba a mirarme a los ojos. Cuando lo hizo, puso cara de “qué estoy haciendo” y dijo, “sos un nene”, respiró y arrancó el auto. Estábamos como en una de esas entradas del hipódromo. Apenas quiso arrancar, el auto tosió y se paró. Yo intenté darle tranquilidad, nos reímos pero con mucha incomodidad. Yo tampoco tenía mucha experiencia en estas cosas, pero intentaba ser cool.

Con el pasar de las cuadras nos fuimos distendiendo. Fuimos a Paraná y el río, en Martinez. Cayó la tarde y comenzó a oscurecer. Charlamos bastante antes de que pase algo. Yo estaba loco con esta vivencia tan inédita que estaba viviendo. Muchas veces, hasta el día de hoy, logro ponerme desde afuera en momento presente y disfrutar de las situaciones viéndome vivirlas. Definitivamente fue una de esas veces en donde exploté este recurso. Nos vimos varias veces, en horarios siempre tipo de tarde y con un limitante de un par de horas, no más. Ella venía con su auto y parábamos por algún lugar cerca del río. No era algo que podía sostenerse mucho en el tiempo una relación así.

Un detalle fue para mí un detonante de querer dejar de vernos, no me encantaba como me chupaba la pija. Me raspaba un poco con sus dientes y me tiraba un poco la piel al hacerlo con su mano. Me dolía un poco. Por un lado siempre quería que me haga un pete, pero ya me incomodaba que duela. Cuando probé corregirle o decirle cómo me gustaría se ofendió un poco. Creo que la diferencia de edad no la hacía sentir cómoda en que yo encima la “eduque”. La última vez que nos vimos quedé con la cabeza de la pija un poco roja y como con una raspadura. Y fue una buena excusa para entender que esa historia, fantasía real del adolescente con la señora, había terminado.

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